El Caso Popeye por PoetaPijo


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N.º de producto: Microrrelato2

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EL CASO POPEYE

 

La inspectora Petitepomme disfrutaba de una taza de café puro hirviendo mientras examinaba una vez más el expediente del Caso Popeye. Desde que la destinaron a aquella pequeña gendarmería de la Rue Desailly con el único apoyo del agente Pierrot, se habían limitado a renovar y expedir pasaportes y documentos de identidad. Alguna denuncia ocasional de peleas entre vecinos y poco más. Ella siempre achacó ese destino a una venganza personal del inspector jefe por negarse a mamársela en la última fiesta de Navidad. Su pasado como top model hacía pensar a la mayoría de los hombres que ella era de labio fácil, cosa que distaba mucho de ser cierta. Por fin, la falta de efectivos en el Cuerpo por la coincidencia con las vacaciones estivales le permitía acceder a un caso difícil de resolver pero muy estimulante.

Popeye era un asaltante de mujeres. Su “modus operandi” seguía habitualmente las mismas pautas. Abordaba a éstas en los parkings de los hipermercados Carrefour, nunca en Auchamp, lo que le llevó a sospechar que podía tratarse de un trabajador de esta empresa que quisiera perjudicar la imagen de su principal competencia. Escogía mujeres jóvenes con falda corta. Esperaba a que abrieran el capó trasero del coche para meter sus compras en el maletero, y en el momento que se inclinaban para hacerlo se aproximaba por detrás y les ponía la punta del arma en la espalda. Les susurraba que como intentasen volverse a mirarle se arrepentirían y, de inmediato, les ponía un antifaz y una mordaza de bola que completaba con unas esposas tras pedirles que llevasen sus brazos a la espalda. Una vez inmovilizadas y silenciadas, les leía un pasaje de “50 sombras de Grey” para, posteriormente, empezar a recorrer hacia abajo su espalda con la punta del arma. Al llegar a la altura de la cintura se detenía y utilizaba el arma para primero levantarles la falda y luego bajarles las bragas hasta los tobillos. Ya con el culo bien expuesto, procedía a recorrerlo hasta llegar al primer orificio. Allí era donde encendía el vibrador. En el siguiente hueco lo ponía en la segunda velocidad y, finalmente, en ese punto donde se acumulan todas las terminaciones nerviosas, lo ponía tope y esperaba a robarlas hasta la última gota de placer. Prácticamente era lo único de que se apropiaba salvo de las bragas usadas y las latas de espinacas si daba la casualidad que hubiesen comprado alguna. De ahí el nombre atribuido al caso. Jamás nadie pudo identificarle, por lo que había sido imposible elaborar un retrato robot. Cuando Petitepomme tomó declaración a Madame Levinsky, extraña víctima de 82 años, que presentaba una expresión indefinible en el rostro, solo pudo obtener la siguiente información: Llevaba minifalda por culpa de los recortes en las pensiones. No, no se llevó sus bragas usadas. La voz de él le recordó a la de Edith Piaf, pero en hombre. Le sacó dos.

La  inspectora decidió convertirse en señuelo, y paseaba entre las estanterías de los hiper tarareando “La Vie en Rose”. Finalmente, una tarde fue abordada por aquel hombre. No tuvo duda de que se trataba de él porque repitió el “modus operandi” hasta que se encontró con la sorpresa: La inspectora Petitepomme no se había puesto bragas. Notó la indecisión del hombre para no mucho después sentir las manos de él recorriendo aquel culo espléndido por toda su superficie. Una vez saciado, concluyó la tarea con el vibrador. La inspectora Petitepomme, ya que estaba inmovilizada, no opuso resistencia y se dejó llevar. Aquel error de Popeye fue su perdición.

El agente Pierrot dio gracias al cielo en ser el único experto de la pequeña gendarmería de la Rue Desailly en la toma de huellas dactilares.


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Evaluaciones de clientes para El Caso Popeye por PoetaPijo

Número de evaluaciones: 1
Evaluación media: 3
Bastante Intrigante
de Anónimo el 14/09/2014
Me ha gustado la mezcla de investigación y sexual. El nombre de la inspectora muy ocurrente!